Comenzar una entrevista con una pregunta resulta ser lo habitual, pero ¿qué ocurre cuando la respuesta cala hondo en los huesos? Josefina Leiva es una joven oriunda de Inriville, un pequeño pueblo de la región, pero su vínculo con la ciudad es definitivo: “Villa María me adoptó a mis 17 años cuando llegué para estudiar. Y la verdad es que nunca más quise irme”, confiesa con una energía y alegría que contrastan con la realidad de padecer una enfermedad crónica. La clave, tal vez, reside en cómo se toma la vida y las cartas que le tocaron para jugarla.
Josefina es profesora de Historia y se formó además en Comunicación Institucional y Defensa Nacional a través de la Universidad de la Defensa, junto con distintas diplomaturas en marketing, publicidad y redes sociales. Profesionalmente, se desempeña como responsable de Comunicación y Relaciones Institucionales en Fabricaciones Militares y ejerce la docencia en distintas instituciones educativas. Sin embargo, hay una parte de su historia que la transformó por completo y que decidió compartir públicamente: su convivencia con la endometriosis.
Un diagnóstico que tardó años en llegar al quirófano
A sus 32 años, Josefina convive con una patología que tardó mucho tiempo en ser identificada de forma correcta. Antes de obtener el diagnóstico definitivo en 2020, transitó por diversos consultorios y recibió dictámenes erróneos como colon irritable, apendicitis y enfermedad pélvica inflamatoria. Fueron años de dolor constante, incertidumbre y de sentir que algo no marchaba bien en su cuerpo sin encontrar respuestas certeras.
El punto de inflexión ocurrió durante un viaje a la ciudad de Córdoba, donde consultó al doctor Jorge Dionisi, especialista en endometriosis. Josefina recuerda con precisión aquel encuentro de febrero de 2020 cuando, tras evaluar una serie de estudios, el profesional le dijo:
“Nena, vas a cirugía”.
Aquella intervención sería la primera de un largo proceso médico.
La realidad cotidiana del «cáncer blanco» y la pérdida de la fertilidad natural
La endometriosis es una enfermedad inflamatoria crónica capaz de afectar diversos órganos, infiltrar tejidos y alterar drásticamente la calidad de vida de las mujeres. En el ámbito médico se la suele denominar el «cáncer blanco» debido a la complejidad de su diagnóstico y a las secuelas físicas y reproductivas que puede ocasionar. Para Josefina, convivir con la patología implica someterse a controles continuos, mantener una alimentación antiinflamatoria, realizar actividad física adaptada y asimilar el impacto de las limitaciones corporales.
La enfermedad ha condicionado su rutina a través de dolores pélvicos permanentes, inflamación y trastornos digestivos y urinarios. Desde 2020, ha debido ingresar al quirófano en cuatro oportunidades: una vez en 2020, dos veces durante el año 2023 y una última intervención en 2025. Fue precisamente en 2025 cuando debió tomar una de las decisiones más difíciles de su vida al evaluar su fertilidad. Los estudios médicos revelaron que sus trompas de Falopio estaban severamente dañadas por la enfermedad, por lo que los especialistas aconsejaron su extirpación para evitar complicaciones mayores.
Esta determinación no solo implicaba una nueva cirugía, sino también asimilar el duelo de no poder concebir de manera natural. A pesar de los temores lógicos sobre la efectividad de los tratamientos y el impacto de las hormonas en su cuadro clínico, Josefina decidió avanzar. Actualmente, se encuentra transitando el camino de la fertilidad asistida con la expectativa de poder escribir un final feliz en su historia personal.
El valor de visibilizar y la importancia de no normalizar el dolor
Las redes sociales de Josefina, que inicialmente surgieron como canales de difusión profesional, se transformaron en una plataforma de contención y visibilización. Al comenzar a relatar su experiencia, comenzó a recibir mensajes de numerosas mujeres y parejas que atravesaban situaciones de salud similares, lo que la impulsó a asumir un rol activo en la concientización sobre la endometriosis.
La docente y comunicadora enfatiza la necesidad de un diagnóstico temprano y de desmitificar la idea cultural de que la menstruación debe acompañarse de sufrimiento físico. La endometriosis puede manifestarse mediante dolores pélvicos severos, sangrados abundantes o incapacitantes, molestias durante las relaciones sexuales, dolor al orinar o evacuar, e infertilidad. Detectar estas señales a tiempo es clave para evitar que la patología avance y lesione órganos vitales.
Un abordaje médico interdisciplinar para transformar el dolor en red de apoyo
Debido a la complejidad de la enfermedad, cuya causa definitiva aún se desconoce, Josefina remarca que el tratamiento no debe limitarse únicamente a la ginecología. El abordaje ideal requiere de un equipo interdisciplinario que involucre a ginecólogos especialistas, urólogos, cirujanos colorrectales, nutricionistas, expertos en fertilidad y profesionales del área de la salud mental.
En este proceso, el soporte de su entorno afectivo ha sido una pieza fundamental para sobrellevar cada postoperatorio y recaída. Sus padres, su hermana, sus amigos y especialmente su pareja, Mariano, constituyen su principal sostén emocional en el día a día. Para Josefina, poner el cuerpo y transformarse en vocera de la enfermedad tiene un sentido claro:
“Si mi historia puede servir para que una mujer llegue antes a un diagnóstico, se anime a consultar o se sienta menos sola, entonces todo este camino también habrá tenido un propósito”.

